La Escisión Del Deseo Esculpida Por El Lenguaje



La gran interrogante del ser humano está en no ser comprendido. Un montón de realidades superpuestas que nos dejan indefensos ante el de al lado. Somos una masa que se pierde en soledad continua. En lo irremediable de nuestros pensamientos, esos que por la imposibilidad de ser explicados a través del lenguaje, nos sumergen en el más temible aislamiento.

Tantas veces estando tristes pensamos “no hay un sentido en tratar de hacer que me comprendan”. ¿Habremos perdido la esperanza? ¿Será nuestra humanidad tan frágil que no podamos tocar nuestros cuerpos sin provocar un estruendoso llanto?
El llanto del que se sabe afligido y no encuentra refugio en la subjetividad ajena, ese es el peor de los llantos. El llanto que compartimos todos, el grito de la existencia que nos conmueve, pero que nos deja atónitos, incapaces de irrumpir en el semblante del que suplica una ayuda.

Hoy se trata del dolor de no saber llegar al otro, del esfuerzo constante que empeñamos en mejorar nuestra comunicación y la frustración que se desprende del no alcanzar a tocar esa vida que nos duele como si fuera nuestra.  Las vidas que se superponen a la nuestra, los deseos que queremos alcanzar del ser que nos importa no son del todo alcanzables. En ese punto nuestro anhelo lucha contra la realidad que ha sido interrumpida por la subjetividad ajena.

Hay una escisión que caracteriza a la comunicación humana e introduce una angustia. Ahí donde el sentimiento pide ser cobijado, protegido, acogido por el otro, se estrella con una realidad diferente; la de la incomprensión. La discrepancia se apodera de las relaciones humanas de una forma que no podemos evitar ese sentimiento de soledad. Hay un punto irreconciliable en la comunicación humana, aquello que como decía Lacan la palabra no puede transmitir.

Me detengo en este punto para hacer énfasis en ese instante en que la comunicación se encuentra imposibilitada de recursos, porque la palabra carece de poder ante el deseo. La humanidad ha podido ejercer acuerdos a través de la palabra, pero es imposible olvidar como a través de esta misma herramienta se han generado guerras, torturas atroces y las separaciones más dolorosas se dan en la periferia de aquello a lo que la palabra rehúye.

Somos un deseo que trata constantemente de encontrar vías de desahogo hacia la humanidad. Desahogo que quiere echar raíces en el deseo de otro que está atravesando el mismo proceso y en este nos perdemos todos. La comunicación no ha sido nunca más intencional que cuando reconocemos que siempre existirá una falta, que algo quedará incomunicado y que la frustración que esto produce debe encontrar nuevas formas de sublimarse.


En el instante de nuestra introspección debemos considerar la falta de la que carece el lenguaje y por tanto comprender que nuestro deseo puede ser transmitido solamente de manera parcial.  Es por esta razón que no asistimos a una terapia con la intención de sabernos más aptos para comunicarnos, sino por el anhelo de ir descifrando lo que nuestros significantes están plasmando en nuestra vida. Nuestro deseo ha de ser esculpido por la palabra hasta llegar a potenciar todo aquello que somos capaces de transmitir, siempre conscientes de que es perfectamente funcional que una parte permanezca incomunicado, pues de ello surgirán nuevas formas de hacer lazos.

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