El Grito Primero

A propósito de la búsqueda incesante de nuestro origen, me he puesto a contemplar la existencia corpórea como un estúpido intento del cosmos de hacernos parte de aquello a lo que rehuimos constantemente. Ese nacer del que hablé en mi última reflexión, se me revela como un efímero intento por encontrar el sentido, pues siempre volvemos a la misma pregunta.

Sucede que al pensar en el nacimiento, no puedo hacer más que meditar metafóricamente en ese primer grito de un niño al llegar al mundo. El grito, que no solamente anuncia o introduce a un nuevo ser en el sistema, es también la manifestación de ser arrancado del vientre materno o en otros casos expulsado de la corporeidad del Otro, a quien percibíamos como parte de nosotros mismos.

Esta nueva separación que divide a dos cuerpos, que durante nueve meses se formaron juntos, implica el primer momento del dolor humano que ha de quedar grabado en el inconsciente hasta convertirse más adelante en el cuestionamiento base de nuestra existencia. He aquí que no podemos hablar del dolor primero de ser humano sin resaltar que esta condición es posible por medio del lenguaje.

Ese primer grito es la forma en que el niño articula su primer sonido gutural. Grito que con el tiempo irá transformándose en una combinación de fonemas que finalmente evolucionarán sin más remedio, al lenguaje. Es preciso recordar que ese primer instante en que la piel del recién nacido es rozada por una atmósfera distinta de la que la madre le ha provisto durante tantos meses, no es ajeno a su sufrimiento existencial posterior al cual se sumará como parte de un constructo social que lo antecede.

Esta experiencia que de alguna manera puede ser calificada como traumática, aún no ha cobrado significado para el niño, quien todavía no posee la facultad para juzgar este hecho. Sin embargo marca su existencia a tal punto que en los años posteriores, el eco de ese grito circundará cada uno de sus cuestionamientos de manera inconsciente. Estaríamos hablando de un significante fundamental en la vida humana. El primer contacto marca el sufrimiento primero, pues es este el que lo inicia en el proceso de encuentro consigo mismo al que llamamos supervivencia.

Estos "recuerdos" o mejor dicho "hechos" que a la memoria se le escapan por diversos motivos, al inconsciente le interesan primordialmente para formular cuestionamientos que luego ayudarán a sostener una vida y a formar una identidad. Todo esto, al igual que muchos otros acontecimientos en la vida del infante, van a dar lugar al concepto que este se va a plantear en torno a su realidad subjetiva.

Entonces, ¿por qué hablar de un grito doloroso? ¿Cuál es el dolor que implica existir? La duda constante de nuestro origen, del porqué estamos aquí, y cómo muchos son cruelmente traídos o  nacidos a un lugar del que no pidieron ser parte, no obstante han de tener que crear una defensa para poder sobrevivir.

Por lo tanto el volverse dependiente de los cuidados de una existencia ajena nos dejan vulnerables a tan temprana edad. Y esto abre un espacio en el que la sensibilidad va dirigiendo la visión que un nuevo ser va a tomar sobre su existencia. Un grito, un reclamo tal vez, una paradoja que busca saciarse en el porqué, pero que al final ha de llevar por siempre la incertidumbre consigo y deberá hacer de esta una experiencia para crear o para autodestruirse.

El grito primero es también la fuerza o la debilidad con la que nos enfrentaremos al mundo y que más adelante ha de marcar nuestro reclamo a la dependencia hacia el Otro.

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