Metamorfosis Interna
Al igual que
muchas otras especies de insectos, la mariposa es uno de esos animales que
previo a abrir sus alas atraviesa una serie de cambios que le hacen posible el
vuelo y la supervivencia. Este proceso que es indispensable para su exposición al
mundo es conocido como “metamorfosis”.
La palabra
metamorfosis proviene del griego, que significa meta=cambio y morfo=forma; cambio en la forma, que finalmente se
traduce como “transformación”. Es común que nos detengamos a admirar su belleza
cuando vamos a un parque, cuando vamos por la calle, o cuando simplemente se
posan sobre la ventana de nuestra habitación. Es inevitable que nuestros ojos
se maravillen ante sus colores, ante su delicada forma que da un aspecto de paz
y que parece ir llenando de magia los alrededores. Nuestros ojos tienden a
sorprenderse ante las cosas bellas, pero hay un proceso que está por detrás de
esa belleza y es este el que no sabemos apreciar, porque esta transformación ocurre
de forma secreta, no está a la disposición de la mirada física.
Como decía
Antoine de Saint Exupery en su libro “El principito”, “lo esencial es invisible a los
ojos”. Todos tenemos la
capacidad de alzar la mirada y observar el vuelo de una mariposa, pero pocos
pueden detenerse a contemplar su metamorfosis, pues esto no es tan evidente para
el espectador que sólo encuentra la belleza en lo material. Existen procesos
que deben ser descubiertos con el corazón, se requiere de algo más profundo que
la mirada humana para poder ver aquello que transformó esas agraciadas alas de
la mariposa.
Sucede que
en la etapa embrionaria, la mariposa permanece recubierta de una membrana que
la protege de los cambios ambientales, pues su cuerpo es aún muy tierno como
para experimentar los cambios climáticos. Entonces este tiempo en el que se irá
desarrollando, todo su cuerpo se va fortaleciendo, es necesaria esta sumisión
puesto que es a través de ella que llegará a tener la energía suficiente para
enfrentarse al mundo. Al igual que la mariposa, los seres humanos
experimentamos durante todo el ciclo vital, una metamorfosis corporal que nos
prepara para la supervivencia. El feto depende de la placenta que lo alimenta
hasta el día en que pasa a su siguiente etapa, en que abandona el vientre
materno para someterse a los cuidados del pecho de la madre. Así va cada vez
más abandonando su dependencia hasta que un día puede pararse sobre sus dos
pies y caminar, entonces empieza otra etapa de descubrimiento.
Las alas de
la mariposa no estuvieron siempre abiertas de par en par para que todos
pudiesen observar sus colores, estos se tiñeron poco a poco en un proceso lento
que le hizo posible ser admirada por aquello en lo que finalmente se convirtió.
Aquello que
es invisible a los ojos, aquello que escapa a la mirada humana, aquello que rehúye
a lo material, con facilidad es olvidado por el ser humano que es tan lento a
la comprensión de lo que es inherente al alma. Que pobres son los ojos de
nuestro espíritu, que fácilmente abandona la comprensión de lo sublime. Esta metamorfosis
no es solamente un proceso físico, también sucede que internamente sufrimos
cambios que son necesarios para nuestra evolución y posterior apertura al
mundo.
Somos seres
capaces de lograr cosas increíbles, de sorprender a los demás al igual que una
mariposa, con sus colores, con su delicadeza, pero antes de llegar a eso
permanecemos en una membrana que nos alimenta el corazón y nos prepara a salir.
Los dolores que son parte de la vida, las rupturas amorosas, la muerte de
nuestros seres queridos, los desastres naturales, y cualquier evento que perturbe
nuestra tranquilidad o que nos saque de nuestra zona de confort, son
situaciones que aportan el alimento necesario a nuestra alma para poder
fortalecerla, de manera que el día que emprendamos el vuelo, los demás serán
capaces de ver nuestros colores, aquello que despuntamos, pero nadie se
preguntará en qué lugar se forjaron tan extraordinarios colores.
Lo que no
podemos observar físicamente, va dejando una huella indeleble en nuestro corazón,
lo que impactó a nuestra alma, es ciertamente más fuerte que aquello que
impactó a nuestra carne. Por esa razón cuando una herida es curada en la piel,
suena por mucho tiempo en nuestra memoria y le otorgamos un sentido, lo
catalogamos dentro de nosotros como algo bueno o malo. Tenemos esa propensión a
etiquetarlo todo y no nos damos cuenta que existe algo más allá de lo bueno y
lo malo, que la existencia del dolor también nos prepara para algo, también nos
quiere hacer ver algo sobre la vida, sobre nuestra metamorfosis interna.
na mariposa, una persona, un ser, un
familiar, un amigo, todos seres comunes de quienes brotan colores distintos,
que juzgamos a menudo por sus acciones, que no entendemos desde nuestra óptica,
que solamente se detiene a mirar lo material de sus actos. Tal vez deberíamos hacer
que nuestra mirada experimentara también una especie de metamorfosis, de
aquello a lo que está acostumbrado a ver y comenzáramos a ejercer más el acto
de observar aquello que es invisible. Comenzar a apreciar tanto el proceso como
el producto final. Comenzar a percibir
lo que está por detrás de la mirada, lo que sumergió a dicha mariposa en la transformación
que hizo posible la apertura de sus alas.
Todos somos
mariposas, todos tenemos un proceso interno, toda experiencia es necesaria y
nos alimenta. Tal vez algún día, si aprendemos a ver lo que es invisible a los
ojos, si vemos con el corazón, nos demos cuenta que aquello que vivimos
juzgando, podría ser de otra manera si le diéramos una oportunidad…
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