El ser humano ¿Bueno o malo?
Por encima de todo aspecto, el
ser humano trasciende. La materia suscita en el hombre una necesidad de
satisfacer el instinto, el mismo al que no podemos rendirle cuentas sin
despojarnos de nuestro lado más humano. Pues un instinto satisfecho sin el sentido
auténtico de lo que nos caracteriza como especie, de aquello que obedece a
nuestro orden simbólico, se convierte en un intento vacío por satisfacer la
carne.
Ha sido debatido durante siglos
el hecho de si el ser humano es egoísta o no por naturaleza. La filosofía ha
manifestado innumerables veces una lucha entre la influencia de natura/nurtura
sin poder determinar cuál de ellas es de
mayor peso en el individuo. Como ser pensante creo es importante darle cabida a
la dualidad humana. Reconocer que podemos ser tan instintivos como pensantes,
que la fuerza del instinto puede llegar a ser tan o más impetuosa que la del
razonamiento si las circunstancias lo propiciaran.
Durante toda mi adolescencia me
vi atraída por este pensamiento filosófico y leí a algunos autores que opinaron
acerca de la dualidad humana. Caí en cuenta a temprana edad en el hecho de que
las personas siempre están tratando de ganar una batalla externa que es solo el
reflejo de la incomprensión de nuestras luchas internas. Siempre tan empañados
en tener la verdad, en estar en lo correcto y ganar el debate nos ha hecho
enfocarnos en lo más irrelevante, en “tener la razón”. Cuestionarme una y otra
vez sobre la importancia de salir victoriosos de una discusión con determinada
persona, pude ver entre tantas otras cosas, que ni tener la verdad nos
beneficia ni sentirnos dueños de un conocimiento nos hace más inteligentes. Y
observando un poco al ser humano desde una óptica realista llegué a la
conclusión de que el no existe un escenario que pese más en la balanza, no se
trata de que la biología sea más fuerte que el ambiente o viceversa. Se trata
de la dinámica que se da entre ambas partes la que nos da luces sobre el
comportamiento de un ser humano. Solo podemos comprender al otro sumergiéndonos
en su realidad particular, en su subjetividad. Entonces partiendo de este
constructo de que no somos ni lo uno ni lo otro, sino una mezcla de
experiencias que interactúan entre sí hasta formar una conciencia, podemos
abordar al otro y comprender su mundo o al menos aproximarnos a la comprensión
de este.
Como seres humanos creo que
tenemos una capacidad impresionante que podríamos explotar y que está muy
subestimada, la empatía. Es difícil encontrar ese elemento base en las
relaciones cuando estamos acostumbrados a escuchar solamente nuestra versión de
las cosas, o lamentablemente porque permanecemos en la superficie y no vemos
más allá de lo que está fácilmente a la vista.
Nietzsche tiene un libro llamado
“más allá del bien y del mal”, título que me llama la atención porque resume
bastante mi forma de pensar. Me identifico con el pensamiento de este autor en
muchos sentidos, por la corriente nihilista, que niega todo principio
establecido, lo cuestiona y es bastante escéptico acerca de los constructos
sociales. Pienso que etiquetar nuestros
comportamientos como “buenos o malos” deja mucho que decir de nuestra
comprensión como especie y nos somete a un entendimiento parcial de lo que
somos. La subjetividad queda destituida del panorama cuando vemos a un ser humano
como un ser que ejerce acciones buenas o malas y no validamos su subjetividad.
Como psicóloga, soy testigo de
las distintas realidades de los seres humanos, de sus luchas, de su propia
edificación de su entorno, de su percepción y de lo que les afecta. En una
misma familia me han relatado tantas historias diferentes a partir de un mismo
hecho, me han confiado secretos que en más de una ocasión “desmentí” o comprobé
que no eran verdad. Y ha sido tanta la diversidad de comportamientos y
opiniones, que si me dejara guiar por un pensamiento objetivo o si buscara una
única verdad, ya me hubiese vuelto loca entre tantas narraciones diferentes.
Pues no, no hay una única forma de ver la vida y sus sucesos, no existe una
“verdad”, y comprendí que cada ser humano vive una verdad diferente, que
ninguna es más valida que otra, puesto que para cada uno su verdad importa.
En el tratamiento con pacientes
es importante darle cabida a la verdad que nos confían. Una verdad que tal vez
en el mundo “real” no sea valorada, comprendida o respetada, por este motivo su
verdad para mí, como psicóloga y como ser humano, importa. Mi trabajo es
validar, respetar y comprender esta verdad que se ve vulnerada y que ha llegado
a mí por un desgaste que es tan fuerte a nivel social, que haya llegado a mis
manos. Esta tarea me parece tan significativa e importante, que me siento
muchas veces insignificante que tiene en sus manos lo más preciado de un ser
humano, que me confío su verdad más profunda, me revela sus secretos y sus
dolores más hondos, procurando sacar de mí una respuesta. Que honor y más que
nada, que responsabilidad tan grande la de lidiar con el sufrimiento de un ser
humano y ser el depósito de sus verdades.
Recientemente tengo en mis manos
un caso de adicción a drogas y alcohol y ha sido para mí un reto muy grande el
poder ser útil para este paciente. Al principio me asusté por dudar de mi
capacidad para hacerlo entrar en razón. Y creo que ningún terapeuta podría
tratar a un paciente con efectividad si no estableciera un vínculo con este
antes. Ese vínculo tiene que ver con la mirada humana, con romper el esquema de
lo que está “bien” o “mal” y ver más allá de los prejuicios. Sin más ni menos,
observar a quien tenemos en frente como un ser que necesita aclarar su
pensamiento. Cualquiera que fuese la realidad de ese ser humano, sufre, y ha
caído en mis manos por una razón.
Al sumergirme en la realidad de
consumo de este paciente, de alguna forma entré en contacto con mi lado más
humano, precisamente el de la comprensión. Quite de mi mente toda preconcepción
de lo establecido y me adentré en la verdad particular de ese sujeto esperando
comprender su lógica y para ello, despojándome de la mía, pues desde mis ojos,
jamás tendría sentido el volverse adicto. Desde su dolor comprendí, y luego de
eso toda cura es posible. Desde el momento en que el ser humano que tengo en
frente siente que su realidad tiene sentido para mí, donde creo un espacio para
la comprensión en un mundo que todo lo juzga, es entonces cuando la cura está
bordeando los confines de la terapia psicológica.
Esta misma reflexión la llevo a
la vida y pienso… tal vez los seres humanos necesitamos establecer una conexión
entre nuestras distintas verdades, un espacio para la comprensión y no para
señalar porqué una u otra forma de pensar es mejor que otra. No hay cosas
“mejores”, ni personas “mejores”, ni pensamientos o acciones “mejores”. Hay
realidades distintas, verdades subjetivas, mundos internos que necesitan ser
descubiertos sin la mirada del prejuicio. Dar una mano puede ser simplemente
escuchar con atención, hacer que mi mente se preste un segundo para valorar un
pensamiento que tal vez nadie más haya respetado.

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